Bibliotecas Makers

Bibliotecas del futuro: del reservorio de tesoros a centros de creatividad

El siglo que empieza viene marcado por una ética participativa que reemplaza la figura del consumidor pasivo por la del co-creador, rasgo que se comprueba fácilmente en las prácticas ligadas a la tecnología pero que pareciera entrar en crisis o en letargo cuando se trata de instituciones de larga data. Entre ellas, las que nos interesan particularmente son las bibliotecas: este proyecto se propone operar en ellas una transformación.

¿Qué entendemos por eso? En principio, no adherir a ninguna postura que por ello entienda derribar lo antiguo para “modernizar”. Por transformación entendemos acá una revitalización del capital simbólico y material de las bibliotecas a partir de una concepción extendida de alfabetismo –que incluye a las “habilidades del siglo XXI”-, lo que supone no sólo la habilidad para leer y escribir sino también la de utilizar tecnologías digitales para explorar sus distintas posibilidades creativas, además de suponer el trabajo en colaboración, intrínsecamente humano.

¿Cómo pueden transformarse las bibliotecas en centros cultivadores de nuevos alfabetismos, de habilidades del siglo XXI? Abriéndose a la posibilidad de funcionar como espacios creativos, como centros del hacer*, lo que implica abrirse a la posibilidad de ser un lugar al cual la gente no solo va en busca de libros sino en el que también se encuentra para crear y colaborar, para compartir saberes y recursos, un centro que fomente la interacción personal y el sentido de comunidad. Experiencias de este tipo se están haciendo actualmente en bibliotecas de Canadá y Estados Unidos (ver links en pág 2), donde toman el nombre de makerspaces.

Un makerspace es un lugar donde la gente va para crear y colaborar, compartir herramientas, recursos y conocimiento. Su propósito es que la gente pueda jugar, explorar y experimentar, tanto con objetivos personales como profesionales. Más allá de las cuestiones técnicas, los makerspaces tienen un compromiso social muy importante: el de colaborar con la comunidad para explorar los talentos, habilidades y conocimientos de sus miembros.

Estos espacios, funcionando como biblioteca y a la vez como centros de acción, pueden transformarse en bibliotecas del siglo XXI a partir de la instrumentación de los siguientes objetivos:

  • Fortalecimiento de la interacción con el barrio, de manera que las acciones que se lleven a cabo se irradien a la zona y fortalezcan el sentido de comunidad geográfica. Esta interacción puede hacerse en varias direcciones, de las cuales citaremos solo algunas: por un lado, en relación con las instituciones sociales y asistenciales que funcionan en la comuna, con quienes se pueden plantear objetivos en conjunto; por otro, con un Museo público; por otro, con galerías privadas y, fundamentalmente, con los habitantes del barrio, lo que implica incluir a un sector social que en su gran mayoría no participa de la creación ni del consumo cultural cada vez mayor que se evidencia en la zona a pesar de ser precisamente los habitantes estables de la zona.
  • Generación de un espacio-taller donde las personas, fundamentalmente las que viven en la zona, puedan ofrecer saberes manuales que por distintas razones ya no encuentran vías de ser transmitidos. Así, según un cronograma a organizar, se puede ofrecer, entre muchos otros, un taller de arreglo de electrodomésticos, de zapatos, de bicicletas o un curso de peluquería o de recetas de cocina. Lo interesante de estas prácticas es que no solamente funcionan para resolver por uno mismo problemas de la vida cotidiana y hasta para conseguir salidas laborales sino que pone en valor saberes artesanales que la lógica consumista ha menospreciado. Esa puesta en valor es importante para devolver o generar confianza en quien ofrece su saber, como así también en quien lo recibe, todos participantes activos de estas experiencias, y para generar un sentido de pertenencia entre aquellos que participan de esta forma de intercambio.
  • Organización de un taller de narrativa donde la consigna no sea “escribir literariamente después de leer a los grandes autores de esta biblioteca” sino donde esa lógica se subvierta y se transforme en talleres donde se discutan temas propuestos por los participantes del barrio –sus problemáticas cotidianas, sus desvelos, sus fantasías- y a partir de allí se impulse la escritura de crónicas o cuentos que pueden ser individuales o colectivos. Indefectiblemente, tal como lo demuestran las experiencias de narrativa en zonas marginales de Sarah Hirschman, en algún momento esas prácticas de escritura llevan a consultar el archivo de la biblioteca, pero desde un lugar radicalmente distinto: no desde la obligación de cumplir con esa alta cultura que connota programas escolares sino desde la curiosidad genuina que surge cuando se lee a los autores consagrados como seres que simplemente abordaron problemáticas comunes a cualquier persona en tanto lector y/o escritor espontáneo. Está comprobado hasta qué punto este tipo de vínculo con la narrativa propia y la de los otros (consagrados o no) es efectiva para reducir la desconfianza de las personas iletradas frente a la alta cultura y frente al mundo en general, así también como para articular conceptos e hipótesis y para fomentar la capacidad de escuchar al otro.
  • Apertura de un laboratorio de innovación que explore las posibilidades creativas de las tecnologías digitales. No sólo desde la programación, sino también desde la fabricación digital por lo que el espacio debería contar con al menos una impresora 3D, además de una variedad de herramientas. Su propósito es doble: fomentar la innovación por parte de los participantes y al mismo tiempo fomentar la reapropiación de la tecnología, entendida como la exploración de sus límites. Reapropiarse de la tecnología es hacer que las cosas funcionen de acuerdo a como las personas se lo proponen, muchas veces dejando de lado cualquiera fuera su propósito original. Este laboratorio  se aboca a la “investigación orientada por la curiosidad” y se propone legitimar los intereses personales y habilidades de sus participantes.
  • Convergencia de arte y tecnología. Si consideramos que en la actualidad el arte y la tecnología coinciden con frecuencia, parece natural que los artistas y los entusiastas de la ciencia y tecnología busquen maneras de colaborar entre sí en comunidades hiperlocales. Dado que ese encuentro suele estar obstaculizado, la biblioteca pública puede representar una suerte de “club social renacentista”, donde los bordes entre los dominios del arte y la ciencia se disuelven.
  • Devolución del rol indispensable del bibliotecario público, recuperando su papel de instructor y facilitador del acceso a la información y las herramientas que la biblioteca ofrece. Después de todo la bibliotecología no es acerca de los artefactos (“libros”) sino acerca del conocimiento y la facilitación para la creación de conocimiento. Debemos invertir recursos en las herramientas de creación de conocimiento y no sólo en los resultados de dicha creación.
  • Generación de emprendedores, apoderados de las habilidades que demandan las nuevas tecnologías. Las bibliotecas públicas están en una posición privilegiada para proveer acceso e instrucción en el uso de nuevas tecnologías al público general, cuya mayoría no tendría otro modo de acceder a ellas, jugando un rol importante en el desarrollo de una generación de ávidos productores y no meros consumidores.

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